domingo, 15 de marzo de 2009

Pizzero feliz (casada aburrida)


Estaba sola en mi casa un sábado por la noche porque a mi marido le tocaba trabajar y yo tenía unas ganas de marcha enormes. Tenía ganas de follar pero no sabía con quién hacerlo, hasta que aquel folleto de "pizzas" a domicilio encima de la mesa me dio una idea. Allí podía estar mi consuelo.
Así que, sin pensármelo dos veces, llamé y pedí una pizza. Tenía el tiempo justo para ducharme, ponerme un conjunto de sujetador que realzaba mis tetas y un tanga que hacía que mi culo fuera muy apetecible. Encima me puse una bata de raso muy suave que hacía que se notaran mis pezones ya erectos por la emoción.
No tardó en llegar. Estaba nerviosa y con unas ganas locas de follar. Cuando ya le tenía en la puerta, le cojí la pizza, pero, ayyy, me di cuenta "ingenuamente" de que no tenía dinero. Puse cara de susto y se lo comenté. Él me dijo que no me preocupara, que ya pasaría otro día a cobrar. Pero mientras él me hablaba yo me pasaba suavemente mi mano por una de mis tetas, haciéndole ver que mis pezones deseaban ardientemente su lengua. Le dije: "¿Estás seguro que no quieres cobrarte ahora?", y entonces abrí el camisón y le dejé ver mis pechos ansiosos de ser tocados y chupados.
El chico, quizás porque era más joven que yo, se cortó un poco. Era tímido pero, al ver que sus ojos no se apartaban de mis tetas, le cogí por una mano y le dije: "Ven".
Fuimos al comedor, donde tengo un sofá rinconera enorme. Allí, de un empujón, hice que se sentara y me senté encima suyo. Empecé a besarle. Él, al principio, actuaba como si no se lo creyera, pero al final sus manos volaban por mi cuerpo. Nuestras lenguas se volvieron locas, jugaban juntas con desesperación. Yo ya notaba su pene erecto y eso hacía que me excitara aún más.
Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Fali. Me parecía un nombre de lo más sensual. "Yo Denise", le susurré al oído. Estaba muy excitado y yo también. Pensaba en su pene y en lo erecto que estaba, así que me salí de encima suyo y me arrodillé ante él. Le bajé la cremallera y cogí su sexo, grande, enorme... ¡Cómo iba a disfrutar! No me lo pensé y lo empecé a chupar. Sorbía su glande de forma que le hacía estremecer. Luego me la metí de golpe en la boca, hasta el fondo. La notaba en mi garganta, cómo entraba y salía. Él me cogió la cabeza y la hundía en su sexo, desesperado, pidiéndome que no parara, pero le dije que ahora le tocaba a él.
Me tumbé en el sofá y me abrí de piernas, ofreciéndole mi coño húmedo, suave y apetecible. Al verlo, vi su cara de lujuria, de satisfacción, y, sin pensárselo,me empezó a chupar. Su lengua jugaba con mi clítoris de una forma salvaje, y al mismo tiempo me metía dos dedos en el coño. Gozaba como una loca. Luego era su lengua lo que me metía dentro, follándome sin parar. Estaba tan húmeda y tan cachonda que quería sin más que me metiera su polla de una vez.
Le dije que se sentara, que lo iba a penetrar. Lo tenía a punto. Él estaba muy cachondo y me ponía caliente ver su cara de excitación. Una vez sentado, me puse encima y me senté, primero notando la punta de su sexo un par de veces, como queriendo entrar, jugando, con un poco de resistencia, pero a la tercera la metí de golpe. Su cara era un poema. Creo que jamás le habían hecho gozar así. Me cogió las tetas y, mientras le montaba, apretaba mis pezones, grandes y oscuros. Yo le pedía más y entonces los metió en su boca y empezó a mordisquearlos. Yo seguía subiendo y bajando, follándole como jamás se lo habian hecho, y él no paraba de decir que quería correrse. Antes de darle ese placer, sin sacar la polla de mi coño, me giré, le di la espalda y seguí follándole sin parar, pero esta vez él podia ver cómo su sexo se hundía en mí y eso le excitaba una pasada. Así que me cogió por la cintura y aceleró los movimientos a su antojo, hasta que cada vez el ritmo iba más deprisa. Yo gozaba como una loca. Quería correrme y él también, así que le pedí su leche, que me mojara, que me inundara, y él no se hizo de rogar. Estalló su orgasmo y su semen me inundó por completo. Yo gemía de placer, me retorcía de gusto, chillaba como una posesa: "Siiiii,asiiii,mássssssss,dame mássssssssss". Las convulsiones provocadas por el orgasmo eran de lo más bestias y yo, satisfecha, llena de su leche, pensé que había sido el sábado más maravilloso de mi vida.
La pena fue que, al final, mi chico de la pizza, mi Fali, tenía que volver al trabajo, pero eso sí, me dijo: "La pizza está pagada, y si algún dia pides otra no dudes que vendré yo a traértela". Se fue y yo me quedé en el sofá, extasiada y pensando que el domingo sería otro día maravilloso para comer "pizza".

 
Relatos Calientes © 2007 Template feito por Áurea R.C.